El corsario rojo

El corsario rojo

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Tuvo lugar una larga disputa, ruidosa y animada, durante la cual cada una de las partes mantenía su derecho de persistir en la decisión que había tomado. No tardaron los combatientes en pasar de las palabras a demostraciones más hostiles. Esto fue en el momento en que la paz interior del barco se mantenía, por así decirlo, tan sólo por un hilo, del cual el general juzgó conveniente sacar el partido que se propuso desde el comienzo de las escenas en que la disciplina había sido tan severamente ultrajada.

—Protesto contra esos manejos licenciosos y antimilitares, —dijo, dirigiéndose a su superior que seguía tan absorto como antes en sus reflexiones—. He dado a mi gente, al menos así lo creo, el verdadero espíritu del soldado y no se puede hacer a ninguno de ellos objeto de una afrenta tan grande como poner las manos sobre él, a menos que eso se haga por vía de disciplina. Prevengo, pues, aquí, a cuantos me oyen, y les prevengo claramente: si alguien toca aunque sea solamente un dedo de uno de los míos, recibirá en el acto un golpe que le enseñará a respetar a mi tropa.

Como el general no había tratado de moderar su voz, fue perfectamente oída por sus soldados, y produjo el efecto que cabía esperar. Un vigoroso puñetazo, dirigido por el sargento, hizo brotar la sangre del rostro del dios del mar, e inmediatamente hizo ver su origen terreno.


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