El corsario rojo
El corsario rojo Por el contrario, los otros oficiales se mostraron más activos. Wilder habÃa hecho retroceder a los marineros más atrevidos, y las dos partes se encontraban entonces separadas por un espacio en que los oficiales subalternos se situaron con la diligencia de hombres que saben que en un momento como el que estaban viviendo era necesario exponer sus vidas. Este momentáneo éxito tal vez se llevó demasiado lejos; pues creyendo que el espÃritu de sedición habÃa sido dominado, nuestro joven aventurero acababa de coger al más audaz de los culpables, cuando el prisionero le fue arrebatado, de golpe, de sus propias manos por veinte de sus cómplices.
—¿Quién es este hombre que se da aires de un comodoro a bordo del DelfÃn? —exclamó una vez de entre la multitud, en un momento bastante desafortunado para la autoridad del nuevo lugarteniente—. ¿De qué manera ha llegado a bordo \ donde cumple su oficio?
—SÃ, sà —añadió una siniestra voz—, ¿dónde está el barco mercante de Bristol que debÃa caer en nuestro poder y por el cual hemos perdido los mejores dÃas de la estación, con el ancla echada y sin hacer nada?