El corsario rojo
El corsario rojo Entonces estalló un murmullo general y simultáneo que bastó para demostrar que el desconocido oficial no era mucho más afortunado en su puesto actual que en el que había ocupado a bordo del barco naufragado. Las dos partes estaban de acuerdo en rechazar su intervención, y de ambos lados se oían proferir dudas ofensivas sobre su origen, mezcladas con enérgicos murmullos sobre su persona. Sin dejarse intimidar por pruebas tan palpables de lo peligroso de su situación, Wilder respondió a sus sarcasmos con la sonrisa más desdeñosa, desafiando a uno solo de entre ellos a que se atreviera a avanzar para sostener sus palabras con sus hechos.
—¡Escuchadle! —gritaron sus auditores.
—Habla como un oficial del rey a la caza de un contrabandista —exclamó uno.
—Sí, es valiente durante la calma —dijo otro.
—Es un Jonás que se ha introducido en el camarote por la escotilla —replicó un tercero—, y mientras este en el Delfín, la brújula nos dirigirá constantemente hacia nuestra desdicha.