El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Al mar con el intrigante! ¡Que se le arroje al mar! Allí encontrará a un hombre mejor y más valiente que le ha precedido —exclamaron al unísono una media docena de voces, y algunos revoltosos testimoniaron de la manera menos equívoca su intención de llevar a cabo la amenaza. Pero dos hombres se salieron súbitamente fuera de la multitud y se colocaron como leones furiosos entre Wilder y sus enemigos. El primero en salir en su ayuda hizo frente a los marineros que avanzaban, y de un puñetazo dado con un irresistible brazo, hizo caer a sus pies al representante de Neptuno, como si hubiera sido un simple maniquí. Su compañero no tardó en seguir su ejemplo y a medida que la gente, estupefacta, se retiraba, el último, que era Fid, hacía ejercicios con su puño tan grande como la cabeza de un niño, y exclamaba a voz en grito:

—¡Atrás! ¡Bribones, atrás! ¿Seríais capaces de uniros todos contra un hombre solo; y más aún sobre este hombre; vuestro oficial, y un oficial tal como nunca habréis visto otro igual en vuestra vida?

—¡Retiraos! —exclamó Wilder poniéndose entre sus defensores y sus enemigos—, retiraos os digo, dejadme hacer frente a esos miserables.

—¡Al mar!, ¡al mar, él y esos dos malditos que le defienden! —gritaban los marinos—, ¡echémosles a los tres al mar!


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