El corsario rojo
El corsario rojo Se calló, y la especie de encantamiento que produjo su presencia fue tan general y tan profundo, que en toda aquella multitud de seres salvajes y encolerizados, no encontró a ninguno lo bastante atrevido que osase desafiar su cólera. Viendo que ni una sola voz respondía, que ningún miembro hacía ni el más mínimo movimiento, que incluso ningún ojo se atrevía a afrontar su mirada firme y chispeante, continuó en el mismo tono.
—¡Está bien! ¡La razón ha llegado algo tarde!; pero afortunadamente para todos, ha llegado. ¡Atrás!, oídme bien, desalojad la cubierta. —Los revoltosos retrocedieron uno o dos pasos a cada lado—. Poned esas armas en su sitio; ya habrá tiempo de sacarlas cuando hagan falta. ¡Habéis tenido la osadía de coger las lanzas sin que yo lo haya ordenado! Tened cuidado, no sea que se os quemen las manos. —Una docena de lanzas cayeron a un mismo tiempo sobre la cubierta—. ¿Hay un tambor en este barco?, ¡que se presente!
Un personaje, todo él tembloroso, y que apenas tenía fuerzas para sostenerse se presentó después de coger su instrumento en una especie de instinto desesperado.
—Vamos, hágalo oír, para que yo compruebe en seguida si mando una tripulación de hombres bien disciplinados y obedientes, o un puñado de maleantes a los que he de purificar antes de poder fiarme de ellos.