El corsario rojo
El corsario rojo La palidez que desde hacía tanto rato cubría su rostro desapareció cuando, de un solo vistazo, se dio cuenta de lo que sucedía; comprendió en seguida lo que pasaba, y su rostro se enrojeció como si de pronto toda la sangre se le hubiera subido a él. Cogiendo una cuerda que colgaba de la verga que había sobre su cabeza, se deslizó desde la popa y cayó hábilmente en medio de la multitud. Las dos partes retrocedieron, mientras que un silencio súbito y profundo sucedía a los clamores que un momento antes habían parecido los ruidos de una catarata. Haciendo un gesto con el brazo, tomó la palabra, y lo hizo en un tono que, si en algo se diferenciaba de lo normal en él, era por ser bastante menos fuerte y mucho menos amenazador que de costumbre; sin embargo no hubo ni una sola de sus palabras que no llegara a oídos de los más alejados, y nadie podía dejar de entender cuanto quería decir: «¡Una sedición! —dijo con un tono que encerraba una mezcla muy peculiar de desdén e ironía—, ¡una sedición declarada, abierta, violenta, y que puede acabar con derramamiento de sangre! ¿Estáis cansados de la vida amigos míos? ¿Hay alguno entre vosotros que quiera servir de ejemplo a los demás?».