El corsario rojo
El corsario rojo Cuando dijo estas palabras, el Corsario miró a su nuevo reclutado con un aire que se esforzaba en ser alegre, pero cuya alegrÃa no podÃa ir más allá de un ligera sonrisa. «Venga, añadió rápidamente; esta vez, he sido yo el primero que ha estado al margen del tumulto, y como ve todo ha quedado en orden. No podemos permitirnos la indulgencia. Además —siguió diciendo mientras miraba al lugar en que mistress Wyllys y Gertrudis habÃan quedado, esperando con impaciencia su decisión en una gran incertidumbre—, no debemos olvidar que en este momento tenemos damas a bordo».
Dejando entonces a su lugarteniente, avanzó al centro de la cubierta, donde interrogó en seguida a los principales culpables. Ellos escucharon sus reproches a los que no olvidaba hacer severas advertencias para hacerles saber cuáles podÃan ser las consecuencias de una transgresión semejante. Aunque les habló con su habitual serenidad, las palabras que pronunciaba en un tono bajo llegaban a los oÃdos de los marineros más alejados. Entre todos ellos no hubo más que un marinero que, encolerizado quizá por sus anteriores actuaciones, se atrevió a pronunciar unas palabras para justificarse:
—Por lo que respecta a los soldados marinos —dijo—, Su Honor sabe que hay poca amistad entre nosotros, aunque fuera cierto que la cubierta no sea el lugar más conveniente para efectuar nuestras querellas. Pero en cuanto a la persona que se ha situado en el lugar…