El corsario rojo

El corsario rojo

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—Espero que en él permanezca —interrumpió bruscamente el comandante—. Yo sólo puedo juzgar su valor.

—¡Bien!, ¡bien! Puesto que lo espera así, señor, nadie tiene, en verdad, nada que decir. Pero no se ha oído hablar del barco de Bristol que esperábamos con tanta impaciencia. Su Honor, que es una persona razonable, no se sorprenderá de que los que aguardan un navío de las Indias Occidentales ricamente cargado, tengan cierta repugnancia por aceptar en su lugar una chalupa vacía y deteriorada.

—Sí, señor, si yo quiero, usted aceptará una rama, una tabla, una clavija. Acabemos. Ha visto con sus propios ojos el estado de su barco; y ¿dónde está el marino que en un día de desdicha no se ha visto obligado a convenir que su arte no es nada cuando los elementos están en su contra? ¿Quién es el que ha salvado a este barco, en esta misma tempestad que hemos sufrido? Basta que yo le crea fiel. No es el momento de demostrar a vuestros groseros espíritus que todo lo hago buscando lo mejor. Iros, y enviadme a los dos hombres que tan valerosamente se han situado entre su oficial y la sedición.

Fid se presentó al momento, seguido del negro que frotaba su sombrero con una mano, mientras que con la otra buscaba desmañadamente ocultarla en alguna parte de sus vestidos.


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