El corsario rojo

El corsario rojo

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—Usted, usted ha procedido muy bien, muchacho, usted y su amigo.

—Sí, sí, señor, somos muy amigos por esto y por otros motivos, aunque de vez en cuando se produzca entre nosotros alguna borrasca. Su Honor sabe que no siempre es agradable para un blanco que un negro le haga perder su autoridad. Yo intento hacerle ver y eso no es conveniente. Sin embargo, en el fondo es muy buen muchacho, señor, y como es un verdadero africano de nacimiento, espero que usted sea lo suficientemente benévolo como para cerrar los ojos ante sus pequeños defectos.

—Incluso aunque yo no estuviera dispuesto a ello —respondió el Corsario—, la firmeza y energía que ha demostrado hoy hablarían en su favor.

Durante este tiempo el africano permaneció inmóvil, paseando sus grandes ojos negros en todas las direcciones, excepto hacia donde aquellos dos hablaban, y plenamente satisfecho de que su experto compañero le sirviese de intérprete. Entretanto, la energía que acababa de revelarse tan recientemente en el Corsario parecía haber desaparecido ya; su aire de desdén y de fiereza se había extinguido, y la expresión de su mirada anunciaba la curiosidad más que ningún otro sentimiento.

—¿Hace mucho que navegáis juntos, muchacho? —preguntó aunque sin dirigirse a ninguno de los dos en particular.


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