El corsario rojo
El corsario rojo —SÃ, sÃ, Su Honor; hace veinticuatro años en el último equinoccio en que el amo Harris ancló a nuestro lado, y entonces estuvimos tres años juntos a bordo del Fulminante, sin contar que dimos la vuelta al Cabo de Hornos a bordo de La BahÃa.
—¡Ah!, ¡veinticuatro años con mÃster Wilder! No es de extrañar que pusierais precio a su vida.
—¡Yo no pienso poner ningún precio! —dijo el marinero adoptando una peculiar expresión—. Mire, señor, yo oà a los sublevados acordar entre ellos que nos arrojarÃan a los tres al mar, de manera que juzgamos que ya era hora de decir algo en nuestro favor; y como no siempre se encuentran las palabras adecuadas, el negro creyó que debÃa suplir de algún modo esas palabras que habrÃan hecho el efecto esperado. No, no, no hay tan buen orador como Guinea, y no puedo decir menos de mà mismo; pero dado que hemos tenido que reprimirnos, Su Honor convendrá en que hicimos tanto bien como si hubiésemos hablado con la sutileza del joven aspirante de marino recién salido de la escuela, que siempre está dispuesto para dirigir una maniobra en latÃn, a falta de conocer la lengua vernácula.