El corsario rojo

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—Pero, mi querida señora, sabemos que al menos uno de ellos es inocente, puesto que ha venido con nosotras, y en circunstancias que no pueden hacernos temer nada al respecto.

—Es imposible que me equivoque en lo que concierne a míster Wilder, pero es importante que sepamos a que atenernos. Pero callemos, mi buena amiga; espera que se vaya el que se ha encargado de servirnos; quizá podamos aclarar algo.

Mistress Wyllys hizo a su pupila una señal para decirle que cambiase su expresión tranquila y pensativa que habría engañado a una persona con mucha más experiencia que el muchacho. Gertrudis se cubrió el rostro con una mano, mientras que su institutriz se dirigió al que acababa de entrar, con cierta bondad e interés.

—Roderick, hijo mío —dijo empezando a hablar—, tus ojos parece que se quieren cerrar. Este tipo de trabajo debe ser nuevo para ti.

—Es muy antiguo para que yo haya aprendido ya a no ceder al sueño cuando estoy trabajando —respondió el muchacho.

—A tu edad tienes más necesidad de una tierna madre que de las lecciones del contramaestre. ¿Qué edad tienes, Roderick?

—Tengo bastante edad para ser más listo y mejor de lo que soy —respondió pensativo—: dentro de un mes tendré quince años.


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