El corsario rojo
El corsario rojo —Te creo, ¿y cuántos de esos años has pasado en el mar?
—Dos, en verdad, aunque a veces me parece que he pasado diez; y sin embargo hay momentos en que no me parecen todos esos dÃas más de un dÃa.
—Eres muy romántico, hijo mÃo, ¿y cómo puede gustarte el oficio de las armas?
—¡Armas!
—SÃ, armas. Este barco ¿no se ha batido desde que estás a su servicio? ¿Tiene la tripulación a menudo muchos botines que repartir?
—¡Oh!, muy a menudo; eso no falta nunca.
—Entonces todos deben estar muy unidos a su navÃo y a su capitán. El marino ama al barco y al comandante que le hacen llevar una vida muy ajetreada.
—SÃ, señora. Llevamos aquà una vida muy activa, y efectivamente hay entre nosotros quienes aman al barco y al comandante.
—Roderick —continuó ella que temÃa revelar sus sospechas al remarcar el estado en que se encontraba—, háblame de la vida que llevas. ¿La encuentras agradable?
—La encuentro triste.
—Es extraño. Los jóvenes son los más alegres de los hombres. ¿Acaso tu oficial te trata con demasiada severidad?