El corsario rojo
El corsario rojo —Se equivoca, jamás me ha dirigido una palabra dura o severa…
—¡Ah! ¿Es un hombre dulce y bueno? Eres, entonces, muy feliz, Roderick.
—¿Yo… feliz, señora?…
—Creo que me expreso claramente, y en buen inglés… sÃ, feliz.
—¡Oh!, sÃ, todos somos aquà muy felices.
—Está bien. Pues un barco donde reina el descontento no es precisamente un paraÃso. ¿Y entras a menudo en los puertos para gozar los placeres de tierra firme?
—Me preocuparÃa poco la tierra, señora, si tuviera en este barco amigos que me apreciaran.
—¿No los tienes? ¿MÃster Wilder no te aprecia?
—Le conozco muy poco. No le habÃa visto antes…
—¿Antes de qué?… continúa Roderick.
—Antes del dÃa que nos encontramos en Newport.
—¿En Newport?
—Tal vez usted no sepa que venimos uno y otro de Newport, a fin de cuentas.
—¡Ah, ya comprendo! Entonces, ¿tu primer encuentro con mÃster Wilder tuvo lugar en Newport? Estaba entonces tu barco anclado fuera de la entrada del puerto.