El corsario rojo

El corsario rojo

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—Sí, yo tenía que comunicarle la orden de que tomara el mando del barco mercante de Bristol; él no estuvo entre nosotros hasta después del anochecer.

—¡Vaya!, es una nueva noticia; pero presumo que su comandar te conocerá sus méritos.

—Así se cree entre la tripulación; pero…

—¿Decías algo, Roderick?

—Nadie de aquí se atreve a preguntar al capitán sus razones; yo mismo me veo obligado a permanecer callado.

—¿Rehusarías respondernos a nosotras?

El muchacho vaciló, y cuando pareció volver en sí, sus ojos se fijaron en el rostro dulce y expresivo de Gertrudis.

—Aunque esta joven señorita es de una extraordinaria belleza —respondió vivamente—, que no cuente demasiado con su poder; una mujer no sabría ejercer su dominio sobre él.

—¿Tiene duro el corazón? ¿Crees que rehusaría responder a una pregunta hecha por esta hermosa joven?

—Escúcheme, señora —dijo con una vivacidad que no era menos significativa que el sonido dulce y placentero de su voz—. He visto más cosas en estos dos últimos años que las que muchos hombres hayan podido ver a lo largo de su vida. ¡No es este lugar propio para la belleza y la decencia! ¡Oh!, ¡abandonen este barco, abandónenlo sin pérdida de tiempo!


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