El corsario rojo
El corsario rojo —Tal vez sea demasiado tarde para hacer caso a tus advertencias —replicó gravemente mistress Wyllys volviendo los ojos hacia Gertrudis que miraba en silencio—; pero háblame más acerca de este extraordinario barco, Roderick: ¿Has nacido para este lugar en que estás?
El joven movió la cabeza, pero permaneció con los ojos bajos, no parecÃa dispuesto a responder a semejante pregunta.
—¿Cómo se explica que el DelfÃn lleve hoy colores diferentes a los que llevaba ayer?, y ¿por qué la bandera de ayer ni la que ondea hoy son como la que mostraba el negrero en la bahÃa de Newport?
—Y ¿por qué —dijo el muchacho con una astuta sonrisa mezclada a la vez de tristeza y amargura— nadie puede leer en el fondo del corazón de aquel que hace estos cambios por su propia voluntad? Si no hubiera en este barco nada más que las banderas que hasta ahora ha cambiado, se podrÃa aún estar contento.
—AsÃ, pues, Roderick, tú no eres feliz; ¿quieres que yo interceda en tu favor al capitán Heidegger para que te permita marchar?
—Jamás quisiera servir a ningún otro.
—¡Cómo! ¿Te quejas y no quieres abandonar tu situación?
—Yo no me quejo.