El corsario rojo
El corsario rojo La institutriz le miró fijamente, y después de unos minutos de silencio continuó diciendo:
—¿Se suelen ver a menudo escenas de desórdenes como las que hemos podido presenciar hoy?
—No, no tiene nada que temer de ninguno de los que componen la tripulación; el que los tiene bajo su poder, sabe cómo mantenerlos en su deber.
—¿Crees, Roderick —respondió la institutriz—, que no conviene adoptar las mismas reservas para con tus respuestas que para con lo que ocurre en general?; ¿crees, Roderick, que el Cor…, es decir, que el capitán Heidegger nos permitiría desembarcar en el primer puerto que encontráramos?
—No hemos encontrado muchos desde que están ustedes en este barco.
—Sí, muchos pero muy peligrosos; pero ¿cuándo veremos uno en el que el barco pueda entrar sin inconvenientes?
—Semejantes lugares no son frecuentes.
—Pero si se encuentra, ¿crees que se nos permitirá desembarcar? Tenemos oro para recompensar su acción.
—El no necesita oro. No hay una vez que yo le pida y no me llene las manos.
—El oro apacigua la crueldad.