El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Jamás! —replicó Roderick con tanta rapidez como energía—. Si yo tuviera lleno de oro este barco, lo daría gustoso con tal de obtener de él una mirada de bondad.

Las palabras de Roderick y el calor con que se había expresado, sorprendieron a mistress Wyllys. Se levantó y se acercó a él de manera que podía distinguir perfectamente sus rasgos a la luz de la lámpara. Vio salir gruesas lágrimas a través de sus pestañas y deslizarse por sus mejillas que, aunque muy morenas por el sol, se cubrían con un vivo rubor a medida que ella le miraba más fijamente. Sus penetrantes ojos recorrieron después la figura del joven, hasta sus delicados pies que apenas parecían capaces de sostenerle. La fisonomía ordinariamente pensativa y dulce de la institutriz adoptó de pronto una expresión fría y severa, y se dirigió a él con dignidad:

—Roderick —dijo con voz firme—, ¿tienes madre?

—No lo sé —respondió entreabriendo con dificultad los labios para dejarse oír.

—Es suficiente por hoy, en otra ocasión seguiremos hablando. Casandra hará en el futuro el servicio de este camarote; cuando te necesitemos, haremos sonar el gong.


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