El corsario rojo
El corsario rojo El negro muestra nuevamente su buen humor, y lo manifiesta moviendo la cabeza y riendo a carcajadas, como si su amo se sintiera lleno por completo de placer por lo que su grosera imaginación acababa de conjurar, y de nuevo también su compañero murmuró contra él algunas imprecaciones de las más enérgicas. El muchacho hasta entonces había tomado poca parte en las querellas y bromas de los dos adversarios; continuaba con los ojos fijos en el barco que en ese momento parecía inspirarle un interés extraordinario. Moviendo la cabeza, como si sus dudas llegaran a su fin, dijo cuando la ruidosa alegría del negro se apaciguó:
—Sí, Escipión, tienes razón, está sujeto tan sólo por el ancla y está preparado para poder largar velas al momento. En menos de diez minutos el barco podría estar fuera del alcance de los cañones, aunque tan sólo hubiera una brisa de viento.
—Parece un gran entendido en estas cosas —dijo detrás de él una voz desconocida.
El muchacho se volvió rápidamente, y se apercibió por primera vez de la presencia de los que se habían acercado. La sorpresa sin embargo, no fue sólo para él, pues el sastre charlatán había estado demasiado ocupado hasta entonces en espiar los más pequeños movimientos de los dos que discutían, para darse cuenta de que se acercaba un hombre que le era totalmente desconocido.