El corsario rojo
El corsario rojo —Es preciso que ese capitán haya perdido la cabeza para permanecer asà arriado sin echar un ancla o por lo menos un anclote para evitar que se mueva su barco —respondió el blanco sin parecer creer que hubiera autoridad más grande que la suya para decidir sobre ese punto—. He visto ya que no sabe andar, pero nunca hubiera creÃdo que un hombre que lo tiene todo en tan buen orden por arriba atase su barco por algún tiempo con un simple cable, para que se mueva en todos los sentidos, y que haga cabriolas como ese caballo atado a una larga cuerda que hemos encontrado en el camino cuando venÃamos de Boston.
—Ellos anclar y poner todo en su sitio —dijo el negro cuyos ojos oscuros miraban al barco mientras que continuaba arrojando sus piedras al aire—; ¡ellos disponer todo para poder escapar rápido, rápido, cuando quieran! ¡A mà gustar ver a Dick galopar rápido como caballo atado a un árbol!