El corsario rojo

El corsario rojo

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El Corsario aparecía pensativo y serio. Se inclinó aproximándose, y murmuró en voz baja y precipitada algunas palabras que apenas pudieron ser oídas por las que le escuchaban. Estaba totalmente distraído con sus pensamientos, cuando se iba a echar en el diván, sin dar explicaciones ni excusarse, como quien tomaba posesión de algo propio; pero se dio cuenta lo bastante a tiempo para no llegar a cometer tal imprudencia. Sonrió, y repitió su saludo haciendo una inclinación aún más profunda que la primera. Entonces con una firme seguridad se aproximó a la mesa ante la cual ellas estaban sentadas, y tuvo el presentimiento de que mistress Wyllys no consideró su visita oportuna, o quizá como no anunciada con la suficiente ceremonia. Durante esta breve introducción su voz era suave como la de una mujer, y sus modales afables y pulidos, como si no se le mirase como a un intruso en el camarote de un barco en el que era, realmente, su soberano.

—Por muy inoportuna que sea la hora —continuó él—, habría estado intranquilo durante toda la noche por no haber cumplido todos los deberes hacia mis huéspedes atenta y respetuosamente, y olvidar venir a asegurarles la tranquilidad que reina en el barco, después de la escena que ustedes han presenciado hoy. Estoy encantado de poder decir que la pequeña humorada de mi gente ya ha pasado.


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