El corsario rojo
El corsario rojo —Afortunadamente —exclamó la prudente institutriz—, la autoridad que tan rápidamente extingue el desorden está siempre presente para protegernos; confiamos por completo en su prudencia y generosidad.
—No se arrepentirán de ello. Están ustedes, al menos, libres del peligro de una insurrección.
—Y de cualquier otro, espero.
—Vivimos sobre un elemento terrible y muy poco constante, —respondió inclinándose para agradecer a la institutriz el asiento que le ofrecÃa—; pero ustedes lo conocen, y no tengo que decirles que nosotros los marineros raramente podemos contar por adelantado con cualquier cosa. Yo mismo he rebasado hoy los lÃmites de la disciplina —añadió tras un momento de silencio—, y he provocado, en cierto modo, el desorden que ha tenido lugar. Pero ya ha pasado como el huracán o la borrasca, y el océano no está ahora más en calma que mis alborotadores.
—He visto frecuentemente escenas semejantes en el barco del rey; pero no recuerdo que ninguna de ellas tuviera otro resultado que el de llegar a la conciliación de la antigua querella, o el de decir algunos chistes de marina, casi todos tan inocentes como ingeniosos.