El corsario rojo
El corsario rojo —SÃ, pero el navÃo que corre a menudo por entre los escollos, acaba por encallar —murmuró el Corsario entre dientes—. Raramente abandono la cubierta quitándole a la tripulación el ojo de encima; pero… hoy…
—Hablemos de hoy.
—Neptuno y su grosera mascarada no le eran desconocidos, señora.
—Hace tiempo trabé conocimiento con ese dios.
—Es que yo creÃa… ¿en el cabo?
—Y en otra parte.
—¡En otra parte! —repitió el Corsario sorprendido—. SÃ, se encuentra al terrible déspota en todos los mares, y se le ve en centenares de barcos, y son barcos de gran envergadura, bajo los fuegos y entre las llamas del ecuador.
—¿El señor Wilder es tan dado como usted a la clemencia? —preguntó la dama—. SerÃa un gran mérito de su parte, si se mostrara indulgente, después de haber sido objeto particular de la pasión de los sublevados.
—No obstante usted ha podido ver que no le faltaron amigos. ¿Han visto el arrojo de esos dos hombres que se expusieron para defenderle?
—SÃ, y me parece muy significativo que hayan querido enfrentarse hasta ese punto a personas de semejante fiereza.