El corsario rojo
El corsario rojo —Es sorprendente —replicó al fin mistress Wyllys—, que unos seres tan groseros estén bajo la influencia de los mismos lazos de unión que los que se dan entre personas que tienen educación.
—Es sorprendente, tiene usted razón —respondió el Corsario, como saliendo de un sueño—. DarÃa gustosamente mil de las más hermosas guineas que hayan podido ser acuñadas con la efigie de Jorge II por conocer la historia de la vida de ese muchacho.
—¿Se trata, entonces, de un extraño para usted? —preguntó apresuradamente Gertrudis.
El Corsario le dirigió una mirada que mantuvo fija un momento, pero en la que el sentimiento y la expresión eran totalmente insensibles, de tal manera que produjo un temblor nervioso en todos los miembros de la institutriz.
Mistress Wyllys y su pupila se retiraron en seguida a su dormitorio, y después de dedicar unos minutos a sus piadosos deberes, que ninguna circunstancia podÃa impedir que los cumplieran, se durmieron presas de su inocencia y con la esperanza de una protección poderosa; y ningún otro ruido, que no fuese el del reloj del barco que daba regularmente las horas en el silencio de la noche, turbaba la calma que reinaba, al mismo tiempo, en el océano y en cuanto flotaba en su superficie.