El corsario rojo
El corsario rojo —Digo, señor, que al parecer es usted un excelente juez en estas cosas —repitió después de resistir la mirada frÃa y severa del joven marinero, durante tanto tiempo como era compatible con la dosis de paciencia de la que estaba provisto—; ¡habla con un hombre que cree tener derecho a emitir una opinión!
—¿Encuentra extraordinario conocer una profesión que se ha ejercido durante toda la vida?
—¡Ejem, ejem!, encuentro bastante extraordinario oÃr dar el nombre pomposo de profesión a un oficio que se podrÃa llamar puramente mecánico. ¡Nuestros abogados, en los que se detienen las sonrisas particulares de las sabias universidades, no nos podrÃan decir más!
—¡Pues bien!, llámele oficio, ya que un marino no quiere tener nada en común con los eruditos de su clase —respondió el muchacho dándole la espalda con aire de enfado sin intentar ocultarlo.
—¡He aquà a un muchacho que tiene cabeza! —murmuró en tono rápido y con una sonrisa significativa—. Amigo, no nos enfademos por una palabra, por una naderÃa. Confieso mi completa ignorancia sobre todo lo que al mar se refiere, y tomarÃa voluntarioso algunas lecciones de un hombre tan versado como usted en la noble profesión. ¿Me parece que habla de la forma en que ese barco de allá está anclado y de la manera en que tiene colocadas las cosas, de pies a cabeza?
—De pies a cabeza —repitió el otro con calma.