El corsario rojo

El corsario rojo

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—Veo lo alto del barco en donde todo me parece que está en orden; pero no me parece poder juzgar lo que hay debajo a esta distancia.

—Estaba pues en un error; pero excusará la ignorancia de un novato, ya que yo lo soy en la profesión. Yo no soy, como le he dicho, más que un indigno abogado al servicio de Su Majestad, enviado a estos parajes para una misión muy especial. Si no fuera un lamentable juego de palabras, podría añadir, yo no soy aún juez.

—Dudo que llegue pronto a conseguir ese puesto honorable —respondió el otro—, si los ministros de Su Majestad saben apreciar dignamente el mérito de la modestia; a menos, que no llegue a ser prematuramente…

El muchacho se mordió el labio, levantó la cabeza muy alto y se puso a pasear a lo largo del muelle, seguido de los dos marinos que le habían acompañado, y que mostraban la misma sangre fría.

El extranjero de levita verde siguió con la vista todos sus movimientos con calma, e incluso aparentemente con cierto placer, acariciando su bota con el bastón y pareciendo reflexionar como quien busca reanudar la conversación.

—¡Ahorcado! —dijo al fin entre dientes, como para terminar la frase que el otro había dejado a medio acabar—. ¡Es muy raro que este joven pícaro se atreva a predecirme tal cosa, a mí!


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