El corsario rojo

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Y se disponía evidentemente a seguirles, cuando notó una mano que se posaba familiarmente en su brazo, y tuvo que detenerse: era la de nuestro amigo el sastre.

—He de deciros una palabra al oído —dijo éste haciendo un signo expresivo para indicar que tenía un secreto de importancia para comunicarle—, una sola palabra señor, puesto que estáis al servicio particular de Su Majestad. Vecino Pardon —añadió dirigiéndose al campesino de forma noble y protectora—, el día comienza a declinar, y temo que llegue tarde a su casa. ¡La muchacha le dará los vestidos, y el cielo le guíe! No diga nada de lo que ha visto y oído, que no ha recibido mis noticias para ese fin; pues no sería conveniente que dos hombres que han adquirido tanta experiencia en una disputa como ésta faltasen de discreción. ¡Adiós, muchacho; saludos a su padre, ese valiente granjero, sin olvidar a su madre. Adiós, mi digno amigo, hasta la vista; que le vaya bien!

Homespun, habiendo despedido así a su compañero, esperó, hasta que el campesino embobado hubo abandonado el muelle antes de dirigir de nuevo los ojos hacia el extranjero de levita verde. Este había permanecido inmóvil en el mismo lugar, conservando una sangre fría imperturbable, hasta el momento en que el sastre le dirigió la palabra por segunda vez, el cual parecía haber tomado las dimensiones y haber medido de alguna manera el carácter con una sola de sus miradas rápidas.


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