El corsario rojo
El corsario rojo —¿DecÃs, señor, que sois un servidor de Su Majestad? —preguntó Homespun decidido a asegurarse de los derechos que el extranjero podÃa tener a su confianza, antes de comprometerse diciéndole secretos por precipitación.
—Puedo decir más, señor: su confidente Ãntimo.
—¡Es con su confidente Ãntimo con quien tengo el honor de hablar!, es una dicha que me llega hasta lo más hondo de mi alma —respondió el artesano pasando la mano por sus cabellos e inclinándose casi hasta tocar la tierra—; una dicha realmente excesiva, un magnÃfico privilegio.
—Quienquiera que sea, amigo mÃo, en nombre de Su Majestad, le diré que sea bienvenido.
—Una condescendencia tan magnÃfica abrirÃa todos los pliegues de mi corazón, incluso cuando no encerrase nada más que traición e infamias de toda clase. Soy feliz, muy honrado y no dudo de tan honorable persona, por tener ocasión de poner a prueba mi devoción al rey ante alguien que no dejará de contar mis débiles esfuerzos a los oÃdos de Su Majestad.