El corsario rojo

El corsario rojo

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—Hable libremente —interrumpió el extranjero con aire de condescendencia de príncipe, aunque un hombre menos simple y menos preocupado de su grandeza que el sastre podría haberse dado cuenta que estos cumplidos demasiado prolongados y devotos empezaban a impacientarle—. Hable sin reserva, mi amigo; es lo que hacemos siempre de corazón. —Después golpeó su bota con el bastón, y dijo muy bajo para sí mismo girando ligeramente sobre sus talones con un aire de indiferencia: «si cree eso, es tan simple como su plancha de sastre».

—¡Qué bueno sois, señor!, ¡y es una gran prueba de caridad por parte de su noble persona el querer escucharme! ¿Veis ese gran barco que está allí, en la bahía exterior de este leal puerto de mar?

—Lo veo; y ése parece ser el objeto de la atención general entre los dignos habitantes del lugar.

—¡Pues bien, señor!, hacéis demasiado honor a la sagacidad de mis compatriotas, hace varios días que ese barco está allí donde lo veis, y no he oído decir allí abajo a nadie una palabra de sospecha, a no ser las mías.

—En realidad —dijo el extranjero mordiendo la punta de su bastón y fijando su mirada centelleante sobre los rasgos del bravo hombre que eran como una carta escrita por la importancia de su secreto— ¿y cuál puede ser la causa de sus sospechas?


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