El corsario rojo

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—Escuchad, señor, puedo equivocarme, y ¡que Dios me perdone en ese caso!, pero he aquí ni más ni menos, lo que se le ha ocurrido a este hombre. Ese barco y su tripulación se cree entre la buena gente de Newport como dedicado inocentemente y sin malicia a la trata de negros; y son recibidos maravillosamente, el barco en un buen baradero, y los otros en todas las tabernas y en casas de los comerciantes. No vayáis a creer que alguna vez chaleco o pantalón ha salido de mis manos para uno de esos de allá; no, no, porque como sabéis, tienen a un joven sastre llamado Tape, que posee todas las prácticas diciendo barbaridades de los que conocen mejor que él el oficio; no, recordad bien que yo no he hecho nada ni siquiera para el último grumete de la tripulación.

—Tiene suerte al no haberse mezclado con esos bribones —respondió el extranjero—; pero ha olvidado decirme el delito por el que yo debo acusarles ante Su Majestad.

—Voy, tan rápido como me sea posible al punto importante. Debéis saber, digno y respetable señor, que soy un hombre que ha sufrido mucho al servicio de Su Majestad. He pasado por cinco largas y sangrientas guerras, sin hablar de otras aventuras y otras pruebas, como las que conviene a un humilde sujeto soportar pacientemente y en silencio.


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