El corsario rojo
El corsario rojo —Todos esos servicios llegarán a oÃdos del rey. Ahora, mi digno amigo, alivie su espÃritu comunicándome francamente sus sospechas.
—Gracias, muy honorable señor; no olvidaré jamás vuestra bondad para mÃ; pero no se dirá que el apresuramiento en buscar el alivio del que habláis me haya turbado hasta el extremo de olvidarme la forma justa y conveniente de descargar la conciencia. Sabréis, respetable señor, que ayer, como estaba sentado, solo, a esta misma hora, en mi banco, reflexionando por mi parte… por la simple razón de que mi envidioso vecino habÃa llevado todos los adelantos últimamente llegados, a su tienda; pues, señor, la cabeza trabaja cuando las manos están ociosas… Estaba pues sentado allÃ, como os he dicho brevemente, reflexionando, como un ser razonable, en las calamidades de la vida y en la gran experiencia que he adquirido en la guerra; pues es preciso que sepáis, valiente señor, que sin hablar de las cosas realizadas en el paÃs de los Medos y de los Persas, y del motÃn a Portews en Edimburgo, he pasado por cinco largas y sangrientas…
—Hay, en efecto, en su aspecto algo de militar —interrumpió el extranjero que hacÃa esfuerzos evidentes para contener su impaciencia cada vez mayor—; pero como mi tiempo es precioso, desearÃa más particularmente saber por el momento lo que va a decirme sobre ese barco.