El corsario rojo
El corsario rojo —SÃ, señor, se posee un aspecto militar a fuerza de ver combates. Es asà que, felizmente para los dos, voy a la parte de mi secreto referente a ese barco. Estaba sentado allÃ, pensando sobre la forma en que los marinos extranjeros habÃan sido embrujados por mi vecino con su voz empalagosa; pues, para que lo sepáis, ese Tape habla, habla… ¡Un joven bribón que habrÃa visto una sola guerra a lo más!… Reflexionaba pues en la forma en que me ha robado mis prácticas legales, hasta que… una idea arrastra siempre a otras, esa conclusión natural —como dice todas las semanas nuestro reverendo padre en sus sermones que son para partir el corazón— se presentó de repente a mi espÃritu: ¿si esos marinos eran honrados y conscientes negreros, abandonarÃan a un pobre diablo que tiene una numerosa familia, para ir a tirar su oro legalmente ganado a la cabeza de un malvado charlatán? En seguida me di la respuesta a mà mismo; sÃ, señor, no vacilé en ello, y me dije que no. Entonces hice sin rodeos esta pregunta a mi inteligencia: ¿Si no son negreros, qué son? Pregunta que, el mismo rey convendrÃa en su sagacidad real, era más fácil de hacer que de responder. A la que yo contesté: si el barco no es un simple negrero ni uno de los cruceros de Su Majestad, es tan claro como el dÃa que éste no puede ser otro que el barco de ese infame pirata, el Corsario Rojo.