El corsario rojo
El corsario rojo Nuestro aventurero no respondió, y se contentó con hacer una simple inclinación de cabeza para reconocer la veracidad de lo que había dicho su compañero. Emprendieron a continuación su paseo a lo largo y ancho de tan estrechos límites, sin mostrar, sin embargo, impaciencia por reanudar la conversación.
—Estamos tan preparados para la huida como para el combate —dijo al fin el Corsario dirigiendo una mirada rápida hacia los preparativos que se habían hecho en secreto desde el momento en que los oficiales se dispersaron—. Le confesaré, Wilder, que experimento un oculto placer al pensar que ese audaz navío pueda estar al servicio de Alemania y que lleva la corona de Inglaterra. Si es demasiado fuerte para que se pudiese pensar en atacarlo, tendría al menos el placer de provocarle, puesto que la prudencia prohibiría ir más lejos; y si estamos en igualdad de fuerza, ¿no sería un espectáculo agradable ver a san Jorge ir al fondo del agua?
—Yo creo que los hombres de nuestra profesión dejan el honor para los imbéciles, y que nosotros damos un golpe que raramente no cae sobre un metal más precioso que el hierro.
—Ese es el carácter que la gente nos atribuye; pero en cuanto a mí, preferiría humillar el orgullo de los favoritos del rey Jorge antes que poseer la llave de su tesoro. ¿Pero qué quiere decir esto? ¿Quién se ha atrevido a desplegar esa vela de juanete?