El corsario rojo

El corsario rojo

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El cambio repentino que se produjo en la voz del Corsario hizo estremecerse a todos los que le oían. El descontento y la amenaza estaban en su acento, y todos levantaron los ojos para ver sobre la cabeza lo que provocaba la indignación del jefe. Como nada impedía la vista más que los mástiles desguarnecidos y las cuerdas replegadas, todos se dieron cuenta de lo que ocurría. Fid estaba de pie en lo alto del mástil que pertenecía a la parte del barco donde estaba su puesto, y la vela en cuestión flotaba a capricho del viento: todas las drizas habían sido desatadas. El ruido que hacía la vela probablemente le impedía oír la voz del capitán, pues en lugar de prestar atención y responder al grito del que acabamos de hablar, parecía contemplar su obra muy complacientemente sin mostrar ninguna inquietud por el efecto que producía sobre los que estaban debajo de él; pero a pesar de toda su preocupación, le fue imposible no oír una segunda pregunta pronunciada con una voz demasiado terrible como para que no llegara hasta él.

—¿Por orden de quién te atreves a desplegar esa vela? —preguntó el Corsario.

—Por orden del viento, que es un rey al que el mejor marinero debe obedecer cuando una borrasca empieza a ganar terreno.


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