El corsario rojo

El corsario rojo

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—¡Plégala! ¡Subid todos y que se recoja al momento! —gritó el jefe encolerizado—. ¡Que se recoja y se haga bajar al bribón que se ha atrevido a reconocer otra autoridad que la mía en este barco, aunque fuese la de un huracán!

Una docena de ágiles marineros subieron para ayudar a Fid. En un instante la vela fue plegada y Richard Fid se dirigía hacia la popa. Durante ese corto intervalo, la frente del Corsario aparecía sombría y terrible como la superficie del elemento sobre el que vivía cuando se veía agitado por la tempestad. Wilder, que hasta entonces no había visto nunca a su nuevo comandante con gran cólera, temió por su viejo compañero, y se dispuso, al ver aproximarse a este último, a interceder en su favor si las circunstancias parecían exigir su mediación.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó el jefe al culpable en tono severo—. ¿Cómo se explica que tú, a quien yo he estado a punto de felicitar, te hayas atrevido a desplegar una vela en un momento en el que es tan importante dejar al barco sin ninguna?

—Si he soltado la cuerda, Su Honor —respondió Richard de forma resuelta—, es una falta que estoy dispuesto a expiar.

—Dices la verdad, pagarás cara tu falta. ¡Que le lleven a la tilla y se le ponga en contacto directo con el látigo!


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