El corsario rojo
El corsario rojo —¿Me está permitido interceder por el culpable? —interrumpió Wilder apresuradamente—. A veces comete equivocaciones, pero se equivocarÃa difÃcilmente, si tuviera algunos conocimientos en vez de tanta buena voluntad.
—No diga nada sobre este punto, amo Harry —dijo Richard con un guiño de ojo muy peculiar—. La vela ha sido totalmente puesta al viento, y ahora es demasiado tarde para negarlo; asà que el castigo debe recaer sobre la espalda de Richard Fid, y eso es todo.
—Quisiera obtener su perdón. Puedo prometer, en su nombre, que ésa será la última ofensa que haga.
—Bien, olvidémoslo todo —respondió el Corsario haciendo un esfuerzo violento para vencer su cólera—. No quiero en un momento como éste turbar la buena armonÃa que reina entre nosotros, señor Wilder, rehusando a una petición tan pequeña; pero no creo que sea necesario decirle las desgracias que podrÃa acarrear semejante negligencia. Dadme los anteojos; quiero ver si esa vela desplegada ha escapado a la vista del barco extranjero.
Richard lanzó a hurtadillas una mirada de triunfo sobre Wilder, que le hacÃa señas para que se alejara rápidamente.