El corsario rojo
El corsario rojo El joven hablaba con tanto ardor, que su compañero desvió los ojos el objeto que estaba examinando, para fijarlos sobre él.
—Querido Wilder —dijo vivamente y con tono muy decidido—, ¿conoce ese barco?
—Tengo un presentimiento: si no me equivoco, será demasiado fuerte para el DelfÃn, y además es un barco que no debe tener a bordo nada que nos pueda interesar.
—¿Su dimensión?
—El negro se la ha dicho.
—¿Sus hombres le conocen también?
—SerÃa difÃcil que se equivocara un viejo marino en la forma y arranque de sus velas entre las cuales ha pasado meses e incluso años.
—Lo comprendo, y ello explica que las velas nuevas estén en el gran mastelero de juanete. Amigo Wilder, su marcha de ese barco ¿tuvo lugar hace mucho tiempo?
—No más que el que hace de mi llegada a éste.
El Corsario quedó durante algunos minutos sin pronunciar una sola palabra; parecÃa reflexionar profundamente. Su compañero no intentó interrumpirle, aunque le lanzaba a menudo miradas furtivas de reojo para tratar de leer en sus ojos el motivo que habÃa de conducirle a conocer el resultado de sus reflexiones.
—¿Y cuántos cañones tiene? —preguntó al fin bruscamente el comandante.