El corsario rojo

El corsario rojo

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Como lugarteniente y tripulación parecían animados por un mismo espíritu, no pasó mucho tiempo antes de que los mástiles desnudos del Delfín fuesen cubiertos por un vasto volumen de tela tan blanca como la nieve. Las velas fueron desplegadas rápidamente y las vergas izadas a lo más alto de los mástiles. El barco empujado por la brisa era balanceado hacia uno y otro lado, pero no avanzaba todavía a causa de la posición de sus vergas. Cuando estuvo todo preparado para la marcha, y en la dirección que se juzgó conveniente seguir, Wilder subió de nuevo a la popa para dar consejo a su superior. Encontró al Corsario ocupado en mirar atentamente el barco cuyo casco sobresalía entonces del mar y presentaba una larga línea amarilla y saliente, que todos reconocieron en las portas por donde salían los cañones que constituían su poder. Mistress Wyllys, acompañada de Gertrudis, estaba cerca de él, pensativo como de ordinario, pero demasiado al acecho para dejar escapar la menor ocasión.

—Estamos preparados para marchar —dijo Wilder—, esperamos tan sólo la indicación de la ruta.

El Corsario se estremeció y se aproximó más a su lugarteniente antes de responder. A continuación le miró de frente, y con una expresión muy peculiar, le preguntó:

—¿Está usted seguro de que reconoce a ese barco, señor Wilder?


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