El corsario rojo

El corsario rojo

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—Estoy seguro —respondió éste con calma.

—Es de la marina real —dijo en seguida la institutriz.

—Sí, ya lo he dicho.

—Señor Wilder —respondió el Corsario—, pondremos a prueba su rapidez. Disminuya las velas bajas y exponga las velas de proa.

El joven marino hizo una señal con la cabeza para indicar que iba a obedecer, y se apresuró en ir a ejecutar la voluntad de su comandante. Había cierto ardor y quizá también una especie de temblor en la voz de Wilder al dar las órdenes oportunas, que ofrecía un notable contraste con la calma que caracterizaba al Corsario. Estas inflexiones desacostumbradas no escaparon a los oídos de algunos de los más viejos marineros; y éstos cambiaron entre sí unas miradas muy significativas; pero sus palabras no se vieron seguidas de una obediencia menos rápida que la que producían las palabras que salían de la boca de su temido jefe. Las velas de proa que estaban ya preparadas, fueron hinchadas por el viento, y esta mole, que había estado durante tanto tiempo inerte, empezó a cortar las aguas. El barco alcanzó pronto toda su rapidez, y la lucha entre los dos navíos rivales cobró el más vivo interés.


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