El corsario rojo
El corsario rojo —¡SÃ, no es la primera vez que nos lo encontramos! Un poco de pintura le ha cambiado el exterior, sin embargo creo reconocer la forma en que los mástiles están dispuestos.
—Es cierto que hacen más la cuesta que lo normal.
—SÃ, es notable. ¿Ha servido mucho tiempo a bordo de él?
—Varios años.
—Y lo abandonó…
—Para unirme a usted.
—DÃgame, Wilder, ¿se le ha tratado como a una persona de clase inferior? ¡Ejem, ejem!, ¿consideraban su mérito provinciano?, ¿decÃan que todo lo que usted hacÃa olÃa a América?
—Yo lo abandoné, capitán Heidegger.
—¡Ah!, ellos le dieron motivos. Es por eso por lo que estoy obligado con ellos. ¿Pero estaba usted en él durante el equinoccio de marzo?
Wilder hizo una señal afirmativa con la cabeza.
—Es lo que pensaba. ¿Y combatió un barco extranjero en la tempestad? ¿Los vientos, el océano y el hombre estaban todos juntos en disputa?
—Es verdad. Le habÃamos reconocido, y creÃmos por un momento que la hora de usted habÃa llegado.