El corsario rojo

El corsario rojo

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—Me gusta su sinceridad. Hemos combatido valientemente uno contra otro, y seremos amigos muy fieles, ahora que la amistad se ha establecido entre nosotros. No le interrogaré más sobre este punto, Wilder; pues no se traiciona a los que se ha abandonado cuando se gana mi favor. Basta que esté ahora enrolado bajo mi pabellón.

—¿Cuál es ese pabellón? —preguntó una voz suave pero firme cerca de él.

El Corsario se volvió en seguida, y vio a la institutriz cuyos ojos tranquilos y escrutadores estaban fijos en él. Su rostro expresaba a la vez diversas pasiones que parecían contradecirse en su espíritu; después de repente tomó ese aire rebuscado de cortesía que le afectaba siempre cuando se dirigía a sus prisioneros.

—¡Es una mujer que recuerda a los marineros su obligación! —dijo—. Hemos faltado a la cortesía al no mostrar al barco extranjero nuestro pabellón. Levantémosle, señor Wilder, para no faltar a ninguna de las etiquetas náuticas.

—El barco que vemos no lo lleva.

—No importa, nos adelantaremos a él.

Wilder abrió el pequeño armario que encerraba los pabellones más usados, pero dudó sobre el que debía escoger entre una docena que estaban enrollados en los diferentes compartimientos.


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