El corsario rojo
El corsario rojo —No sé cuál de estos emblemas le gustará a usted mostrar —dijo dando a entender que esperaba una respuesta.
—Pruebe con el pabellón holandés. El comandante de tan hermoso barco debe conocer todas las lenguas de los pueblos cristianos.
El lugarteniente hizo una señal al segundo contramaestre de servicio; y poco después el pabellón de las Provincias Unidas ondeaba en lo alto del DelfÃn. Los dos oficiales observaron atentamente el efecto que producirÃa al barco extranjero, que se negó sin embargo a responder a la falsa señal que acababan de enarbolar.
—Se dan cuenta de que tenemos un barco que no ha sido hecho para los bajos fondos de Holanda. ¿Nos habrán reconocido? —dijo el Corsario pareciendo interrogar con el ojo a su compañero.
—No lo creo. Se utilizan demasiados colores en el DelfÃn para que incluso sus amigos estén seguros de reconocerle.
—Es un barco que tiene coqueterÃa, de acuerdo —respondió el Corsario sonriendo—. Probemos con el pabellón portugués: veamos si los diamantes del Brasil son agradables a sus ojos.