El corsario rojo
El corsario rojo El primer pabellón fue bajado, y en su lugar se puso al viento el emblema de la casa de Braganza. Sin embargo el extranjero proseguÃa su ruta sin al parecer, prestarle atención, persiguiendo cada vez más el viento, para disminuir en la medida de lo posible la distancia que existÃa entre él y el navÃo al que trataba de alcanzar.
—Un aliado no conocerÃa la excitación —dijo el Corsario—. ¡Pues bien!, hagámosle ver la bandera blanca.
Wilder obedeció en silencio. El pabellón portugués bajó al puente, y el pabellón de Francia ondeó en los aires. Apenas habÃa alcanzado lo alto del mástil cuando grandes y resplandecientes blasones se elevaron, parecidos a un enorme pájaro que toma su vuelo, del puente del otro navÃo, y se esparcieron por encima de las aguas. Al mismo tiempo una columna de humo salió del costado del barco, y ya habÃa sido despedido hacia atrás por el viento, cuando el ruido de los cañones llegó a los oÃdos de la tripulación del DelfÃn.