El corsario rojo
El corsario rojo —He aquà una prueba de la amistad de dos naciones —dijo secamente el Corsario—. ¡Guarda el silencio para el holandés y para la corona de Braganza; pero toda su cólera está en movimiento a la vista de una simple tela blanca! Dejémosle contemplar este pabellón que le gusta tan poco, señor Wilder; cuando nos cansemos de enseñárselo, nuestros armarios podrán proveer otros.
ParecÃa en efecto que la vista del pabellón que el Corsario habÃa enarbolado producÃa en aquel barco el mismo efecto que la muleta produce en el toro enfurecido. Una multitud de pequeñas velas que no podÃan ser de gran utilidad, pero que servÃan al menos como para querer acelerar su velocidad, fueron desplegadas rápidamente en su borda; y no habÃa ni un brazo ni una bolina que no tratara de coger ventaja. Los dos barcos desplegaban toda la fuerza de sus velas, sin que la ventaja pareciera ser notable ni para uno ni para otro. Si bien el DelfÃn era famoso por su rapidez, su rival no parecÃa desmerecerle en nada. El barco del pirata se inclinaba al viento, y la espuma resplandeciente que despedÃa por delante de él se elevaba cada vez más; sin embargo cada impulso de la brisa era igualmente notado por el otro navÃo, cuyos movimientos sobre el mar turbulento parecÃan tan rápidos y tan graciosos como los del DelfÃn.