El corsario rojo
El corsario rojo —Ese barco corta el agua como la golondrina corta el aire —dijo el jefe de los piratas al joven lugarteniente que estaba aún a su lado y que trataba de ocultar una inquietud que aumentaba a cada instante—. ¿Es célebre por su rapidez?
—El chorlito apenas vuela más rápido que él. ¿Estamos ya lo suficientemente cerca de unos hombres que navegan tan sólo por placer?
—¡Que iguale al águila en su vuelo elevado y rápido —gritó él—, y no nos dejará aún atrás! ¿Por qué esa repugnancia suya a encontrarse a media milla de distancia de un barco de la corona?
—Porque conozco su poder y sé que no se puede tener ninguna esperanza de atacar con éxito a un enemigo tan superior —respondió Wilder con seguridad—. Capitán Heidegger, usted no puede combatir ventajosamente contra ese barco; y a menos que no aproveche la distancia que nos separa, no podrá escapar de él; no sé si ya incluso serÃa demasiado tarde para hacer esto último.
—Esa opinión, señor, es la de un hombre que valora demasiado la fuerza de su enemigo, porque con tanto oÃr hablar de él se ha acostumbrado a mirarle como algo sobrenatural. Señor Wilder, no hay nadie más atrevido ni más modesto a la vez que aquellos que se han habituado durante mucho tiempo a confiar en ellos mismos. No es la primera vez que me aproximo a un pabellón del rey, y sin embargo, ya lo ve, estoy aún en mi barco.