El corsario rojo

El corsario rojo

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Impresionado por estas señales evidentes, de extraordinaria sensación, y común a ambos, que le inquietaban, el Corsario se aprovechó de su situación y de la distancia en que se encontraba su lugarteniente para dirigirles la palabra. Apoyándose sobre la pequeña barandilla que separaba la popa de la tilla, dijo, en ese tono familiar que el comandante tiene por costumbre tomar con sus inferiores cuando le son muy necesarios sus servicios:

—Espero, maestro Fid, que se haya colocado junto a un cañón que sepa hablar.

—No hay en todo el barco, Su Honor, una boca más bella y más grande que la del Brillante Billy —respondió el viejo marinero pasando la mano sobre el cañón como para acariciar el objeto de sus elogios—. Todo lo que exijo, es un escobillón limpio y un taco que ajuste bien. Guinea, haz una cruz, a tu manera, sobre una media docena de balas; y cuando el asunto esté concluido, los que aún vivan podrán ir al barco enemigo y ver la forma en que Richard Fid sembró su grano.

—¿No es ésa tu prueba, maestro Fid?

—¡Que el cielo bendiga a Su Honor!, mi nariz está tan acostumbrada al tabaco seco como a la pólvora de cañón, aunque, a decir verdad…

—¡Bien!, continúa.


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