El corsario rojo
El corsario rojo El barco no estaba más firme sobre su quilla que el viejo marinero sobre sus piernas, mirando de reojo por el tubo de hierro macizo que se hallaba bajo su comandante, y las cosas que hacía no estaban desprovistas de ese interés paternal que el marinero manifiesta por el objeto especial que le ha sido confiado. Sin embargo un aire de sorpresa inexplicable se había posesionado de sus groseros rasgos, y cuantas veces sus ojos se apartaban de Wilder hacia el barco enemigo, no era difícil darse cuenta de que se asombraban de verle en oposición. No se permitía sin embargo quejas ni comentarios sobre unas circunstancias que le parecían evidentemente tan extraordinarias, y todo demostraba lo contrario de lo que estaba establecido para no compartir nada de esa obediencia pasiva que caracteriza al marino. En cuanto al negro, todos sus miembros estaban enteramente inmóviles; sus ojos, como los de su compañero, iban continuamente de derecha a izquierda, llevándolos primero sobre Wilder, después sobre la vela extranjera, y expresaban un asombro cada vez mayor.