El corsario rojo

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—Reconocerá su error. La prueba puede costamos una descarga, pero saldrá bien. Baje un instante cerca de nuestras invitadas, y a su regreso la escena habrá sufrido un gran cambio.

Wilder descendió rápidamente al camarote al que mistress Wyllys se había retirado con Gertrudis, y después de comunicarles la intención de su comandante de evitar la acción, las llevó a la bodega del barco para que estuviesen aún más resguardadas de todo accidente. Después de cumplir con este deber con tanta prontitud como atención, nuestro aventurero subió precipitadamente a la tilla.

Aunque su ausencia no duró nada más que un momento, la escena estaba efectivamente bastante cambiada, toda apariencia de hostilidad había desaparecido. En lugar del pabellón de Francia ondeaba el pabellón de Inglaterra en el palo mayor del Delfín, y se hacía un rápido cambio de señales entre los dos barcos. De todo ese nubarrón de velas que cubría tan recientemente el barco del Corsario, no quedaban desplegadas nada más que las gavias; las demás colgaban en festones o se apretaban alrededor de las vergas por la brisa que había. El barco se dirigía directamente hacia el otro navío, que por su parte ataba tristemente sus velas altas, como si sintiera decepción al ser privado de una ocasión que buscaba con ardor.


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