El corsario rojo

El corsario rojo

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—Los bribones se enfadan cuando aquellos con los que se vanaglorian en luchar, resultan ser amigos —dijo el Corsario haciendo ver a su lugarteniente que con aquella confianza sus vecinos se dejaban engañar por unos signos con los que él había sabido sorprenderles—. Es una acción muy tentadora; pero sabré resistirla Wilder, por consideración hacia usted.

El lugarteniente parecía casi no dar crédito a sus oídos, pero no respondió nada. No era momento, es cierto, de distraerse prolongando la conversación. El Delfín continuaba rápidamente su carrera, y la niebla que ocultaba los objetos a bordo del navío extranjero, se esclarecía a medida que se aproximaba. Los cañones, las cuerdas, los hombres, los rasgos incluso de la cara podían distinguirse, y se vio pronto al barco ponerse en dirección al viento, después colocar sus velas de popa en cuadro para recibir la brisa sobre su superficie interior, y permanecer inmóvil en su sitio.

Los marineros del Delfín, imitando la confianza de la tripulación engañada del barco de la corona, habían también plegado las velas altas, descansaban totalmente en la prudencia y en la audacia del ser singular que sentía placer en aproximarse con semejante temeridad a un enemigo tan temible; cualidades que las habían visto con la más extraña dicha en unas circunstancias incluso más delicadas que aquellas en las que se encontraban.


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