El corsario rojo
El corsario rojo Fue con aspecto franco y abierto como el temido Corsario se dirigió hacia su desconfiado vecino, hasta que tan sólo a unos cien pies del bao, el barco se encauzó contra el viento y permaneció también en una situación estática. Pero Wilder que observaba todos los movimientos de su superior con un mudo asombro, se dio cuenta de que la proa del Delfín estaba en distinta dirección a la del otro barco, y que su marcha había sido detenida por la disposición en sentido inverso de sus vergas de proa, circunstancia que permitía maniobrar más fácilmente al navío, si era necesario utilizar de pronto las baterías.
El Delfín navegaba todavía lentamente a consecuencia del movimiento que le había sido dado, cuando un grito ronco y apenas claro, atravesando la distancia que les separaba, se oyó, según la costumbre, preguntando su nombre. El Corsario, después de mirar a su lugarteniente significativamente, puso la bocina en sus labios y dijo el nombre de un barco al servicio del rey que sabía que era del poder y del volumen de su barco.
—Sí, sí —respondió una voz que salía del otro navío—, era ése el que yo reconocí por vuestras señales.
El Delfín pronunció a su vez, el quién vive; se respondió diciendo el nombre del crucero real, y esta respuesta fue seguida de una invitación de su comandante al capitán del Delfín de ir a ver a su superior.