El corsario rojo
El corsario rojo Hasta aquÃ, no sucedió nada que no fuera acostumbrado entre marinos de la misma nación, pero la cosa llegaba rápidamente al punto en que parecÃa bien difÃcil llevar aún más adelante el ardid. Sin embargo la mirada atenta de Wilder no descubrió ninguna señal de duda o de indecisión en el comportamiento de su jefe. El redoble del tambor a bordo del crucero anunció la retirada y el permiso acordado a la gente de la tripulación de abandonar el puente en el que habÃan estado colocados para el combate. Con una sangre frÃa imperturbable el Corsario hizo la misma señal a los suyos; y en menos de cinco minutos todo parecÃa indicar una perfecta inteligencia entre los dos barcos que estuvieron a punto de librar un combate a muerte, si la verdadera identidad del uno hubiera sido desconocida del otro. Fue en esta situación crÃtica, y en el momento en que la invitación de ir a bordo resonaba aún en los oÃdos de Wilder, cuando el Corsario llamó a su lugarteniente junto a él.
—Usted sabe que me han dicho que vaya a rendir visita a ése que es más antiguo que yo al servicio de Su Majestad —dijo con una sonrisa de ironÃa y de desprecio—: ¿le gustarÃa a usted tomar parte?
El estremecimiento con que Wilder recibió esta arriesgada proposición era demasiado natural para provenir de una simulada emoción:
—¿Está lo suficiente loco para correr ese riesgo? —gritó cuando recobró la voz.